En la escuela, poco o nada se hablaba de nuestra historia o de nuestras luchas. El relato dominante era el de los vencedores, el de una historia oficial que nos hacía sentir ajenos. Fue precisamente esta experiencia la que me llevó a estudiar Historia y, más tarde, a ser docente. Desde hace varios años formo a futuros profesores en el Centro de Actualización del Magisterio de Iguala, Guerrero. En ellos reconozco muchas veces las mismas heridas y silencios que yo viví. Por eso, cuando hablamos de educación intercultural no lo hago como una consigna institucional, sino como una forma de recuperar lo que nos han negado.
La educación intercultural debe ser un camino para sanar, para comprender que nuestras raíces no son un obstáculo, sino un motivo de orgullo. Como bien señala Schmelkes (2013): “La educación para los indígenas no puede seguir restringiéndose a lo básico. Tiene que proporcionarse en todos los niveles educativos, con esta misma exigencia de calidad” (p. 7). Esta afirmación es un llamado a que también desde el nivel superior se generen propuestas pedagógicas que reconozcan la riqueza de nuestras culturas originarias.

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